Paz y Justicia con dignidad, es la exigencia insistente que escuchamos en el marco de esta caminata que lleva consigo el dolor de 40 mil vidas humanas perdidas, de cientos de personas desaparecidas. Rostros de una infancia a la que no pudimos garantizarles un futuro, familias de defensores y defensoras que buscan consuelo ante el espacio dejado, poetas y escritores, como Javier Sicilia que ha solicitado el silencio para redescubrir el sentido de nuestra acción.

Las organizaciones y algunas personas, acompañan, se suman. En otros lugares convocan cuando el llamado ya fue hecho desde hace tiempo en nuestras propias vivencias y de diversas maneras.

La ruta es clara: transitar del grito de ¡Estamos hasta la madre! al silencio que dice mucho, que nos cuestiona e invita a actuar, a emplazar a los que han hecho de una forma de vida la violencia visible y la que se promuee desde las sedes de decisiones económicas y políticas, entre las que se incluye al narcotráfico.

¿Cómo hacerlo o cuál es el punto de partida?. La respuesta aunque no es sencilla, tiene que surgir del convencimiento de que todos los seres humanos tenemos el poder de transformar situaciones y comportamientos violentos, de romper con la inercia de que se trata de la única alternativa (esto es lo que nos impide otorgar la comprensión que solicita Felipe Calderón). Por eso la marcha en silenciodebe provocar en nuestras personas la convicción de que podemos cambiar el rumbo más allá de nuestras diferencias reconocidas.

Lo segundo, es buscar alternativas, aún a costa de riesgos o sufrimientos (Juan Pablo Lederach, 1995), pero que tengan como fin la inclusión de todas las peraonas y la búsqueda de alternativas desde nosotros mismos, es decir autogestivas, en pleno ejercicio de nuestra autonomìa y solidaridad con los otros.

Esto implica buscar siempre la justicia como condición esencial, además de afirmar la humanidad de cada persona. Es importante tener claro todas las consecuencias de la violencia en cifras e imágenes, pero también que nos impide coincidir como personas.

Otro de los componentes es insistir y no colaborar con auqellas estructuras, instituciones u organismos sociales y políticos que propician la explotación, desigualdad y el aprovechamiento de unos cuantos sobre otros.

Entre más seamos los que demandemos el cambio, será menos necesaria la violencia.

“La máxima debilidad de la violencia consiste en que es una espiral descendente que engendra exageradamente lo que pretende destruir. […] Por medio de la violencia se mata al que odia, pero no se mata el odio […] Devolver violencia por violencia la multiplica, incrementando la profunda oscuridad de una noche ya carente de estrellas. La oscuridad no puede eliminar la oscuridad; sólo la luz puede hacer eso. El odio nunca puede terminar con el odio; sólo el amor puede hacer eso.” Martin Luther King, Jr. 1967.