Desde 1994 la Asamblea General de la ONU, estableció el 9 de agosto como el Día Internacional de los Pueblos Indígenas, cuyo tema de este año es: “ Diseños indígenas: celebrando nuestras historias y culturas, creando nuestro propio futuro”. La conmemoración señala la importancia de preservar y fortalecer las culturas indígenas, donde se incluye su arte y propiedad intelectual.


Más allá de temas y conmemoraciones, que terminan convirtiéndose en una simple fecha de calendario, es una buena ocasión para detenernos a pensar en la situación en la que se encuentran nuestros pueblos originarios, que en nuestro país lo constituyen aproximadamente 12 millones de personas a nivel nacional.


En el caso de Jalisco, residen variados pueblos de gran importancia para nuestra identidad: los Wixáricas y los nahuas, ubicados en el norte y sur del estado, respectivamente. Los Cocas en la zona de Mezcala, además de los miles de migrantes indígenas que residen en la Zona Metropolitana de Guadalajara.

Desafortunadamente en los territorios donde residen, es donde las estadísticas reflejan el máximo nivel de pobreza, marginación y exclusión a los que nuestra cultura mestiza los ha sometido.


Lugares donde los fallecimientos son por causas totalmente curables y la cobertura de salud es un signo más de la desprotección. Sitios en donde los discursos de desarrollo no tienen el mínimo impacto porque buscan imponer algo que no tiene sentido en su propia cosmovisión.
La creación de marcos legales como las leyes de cultura indígena e incluso la propia modificación a la Constitución en su artículo 2, hoy retada por la incorporación total de la visión de los derechos humanos, no ha propiciado un cambio, porque en realidad se busca definir términos para los pueblos originarios, pero siempre por la vía de de la imposición, donde incluso se decide la pertenencia o no de las personas. Como si las leyes fueran la realidad misma, esa de la que sólo de ellos podemos aprender.

Nos reconocemos como un país pluricultural e incluyente, pero sólo tomamos en cuenta nuestros pueblos originarios para las fotografías en campañas políticas o en ejercicio del poder, o bien para que elaboren su trabajo artesanal en establecimientos turísticos sin reconocerles su calidad de personas, como sucede en Puerto Vallarta, incluso reprimiéndolos al desalojarlos de sus sitios de trabajo, como ocurrió hace apenas unos días por parte del Ayuntamiento de Guadalajara.


De acuerdo a lo documentado en los Informes sobre la Situación de los Derechos Humanos en Jalisco del Cepad 2007 y 2010, se comprueba que les negamos su derecho a su libre determinación al apoderarnos de sus territorios y de sus s recursos naturales, muchos de los cuales forman parte de su “esencia de la vida” como en el caso de Wirikuta, sitio en donde se ha concedido por el gobierno federal la explotación minera y que ha sido denunciado incluso ante el relator de los pueblos indígenas por los propios Wixaritari, sin que se tenga respuesta por parte de las autoridades.


Tenemos también al pueblo Coca de Mezcala, que lucha día a día para evitar que intereses particulares se apropien de sus tierras comunales que fueron sembradas con la sangre de sus antepasados en la lucha de independencia, y que nos dice mucho de la dignidad que significa la pertenencia a una comunidad indígena.

Ellos mismos nos dan una referencia clara de ello:

“[…] no hay ninguna intención del gobierno de cambiar esta situación, pues como menciona uno de los miembros de la Asamblea General de Comuneros, las cosas van a cambiar cuando el gobierno venga a Mezcala y en lugar de querer poner una tiendita en la Isla, venga y ponga un hospital, una escuela, o cuando dejen de darnos las miserias de las ayudas “PROGRESA” y vengan a darnos empleos y pago justo a nuestro trabajo”.

Podemos hacer mucho: escuchar y aprender de ellos es el primer paso.