Paola Lazo Corvera, integrante del CEPAD AC
25 de junio de 2014

La violencia escolar o bullying se ha convertido en nuestros días en un grave problema que afecta a más de 18 millones de estudiantes de primaria y secundaria en nuestro país. Según un estudio realizado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), México ocupa el primer lugar internacional en casos de violencia escolar. El análisis de este estudio señala que 40% de los chicos y chicas de educación básica declararon haber sido víctimas de acoso escolar, un 23% recibió insultos, ofensas y amenazas, 17% había sido golpeado alguna vez en la escuela y el 44% dijo haber atravesado algún incidente de violencia psicológica, verbal o física por parte de sus compañeros y compañeras de escuela.

A pesar de que la violencia escolar ha estado presente en la historia de la escuela como lugar de interacción y convivencia entre niños, niñas y jóvenes, en los últimos tiempos se ha intensificado y recrudecido. La Comisión Nacional de Derechos Humanos señala que en los dos últimos años ha aumentado en un 10%, al grado en que 7 de cada diez estudiantes han sido víctimas de este tipo de violencia. Resulta importante señalar que en el caso de la violencia escolar, no sólo las y los agredidos son víctimas de violencia, sino también las y los agresores, quienes comúnmente han padecido agresiones, maltratos y abusos por parte de otros compañeros/as o en su entorno familiar y social.  Por ello resulta relevante analizar de fondo cómo es que se origina este espiral de violencia y cómo enfrentarlo no sólo desde la escuela y la familia, sino desde la comunidad.

Intentemos comprender en principio cuáles son los tipos de violencia que hay que atender para transformar de fondo esta problemática:

  • Violencia Directa: Son aquellos actos de violencia que se ven (violencia física, agresiones). Podríamos decir que esta violencia es de las “menos malas” porque se ve, es explícita y podemos actuar ante ella. Esta violencia es el síntoma.
  • Violencia Cultural: son las actitudes, valores, costumbres, ritos, que crean todo un marco ideológico que legitima la violencia. Se refleja en las canciones, la música, las películas, los programas de TV, los anuncios, los dichos, las bromas, los chistes, los juegos, etc. Es muy común que las personas no le den importancia, ya que es parte de la vida cotidiana y la socialización común en nuestra cultura. En este sentido, es esencial recordar que el lenguaje refleja cómo pensamos (lo que creemos y sentimos).
  • Violencia Estructural: son las estructuras físicas, arquitectónicas  u organizativas que impiden la satisfacción de las necesidades. (Por ejemplo como están organizados los poderes, los gobiernos, las instituciones, la ausencia de mujeres, indígenas o poblaciones minoritarias en los puestos de alta jerarquía, etc.)

El problema radica en que nuestras intervenciones están centradas en atender solamente el síntoma, la violencia directa y estamos actuando sólo ante las crisis. Para lograr una transformación real de la situación, se requiere que nuestras acciones e intervenciones se enfoquen a desmontar la violencia cultural y estructural, ya que así estaremos actuando para transformar las causas.

La violencia es algo aprendido, que se puede DESAPRENDER. La agresividad-natural-fuerza vital, está relacionada con nuestro instinto y es la que nos permite ser personas individuales, con identidad propia, asertivas y afrontar riesgos y dificultades. La agresividad es canalizada por los medios de socialización: TV, escuela, familia, entorno, religión… y se puede canalizar en tres direcciones:

  • Para destruir y dañar a otro/a: violencia
  • De manera constructiva, creativa, con iniciativa: noviolencia
  • Desde la anulación, la negación, quitándola o ignorándola: indiferencia y apatía

No es lo mismo no actuar violentamente, que actuar noviolentamente. Estamos partiendo del planteamiento gandhiano que dice “lo que hago de manera noviolenta para acabar con la violencia, es un compromiso activo por la paz.

El gran reto educativo es la lucha contra la indiferencia. Hay que trabajar, en la escuela, en la familia y en la sociedad, en la construcción de la CONFIANZA, pero no de una confianza ciega, sino desde una confianza que parte de la RESPONSABILIDAD: yo confío, en tanto la otra persona responde. La confianza se gana, no se puede imponer, y es un proceso.

Otro punto muy importante es construir el APRECIO: primero hacia uno mismo (autoestima), y después hacia los demás (tu estima). Tienen que existir esas dos direcciones en las relaciones entre las personas: el ámbito individual y el colectivo.

Tenemos en nuestras manos una gran responsabilidad. Hay que esperar lo mejor de quien nadie espera. Esa es la tarea educativa: darle oportunidad de que crezca.

Las actitudes y acciones coherentes son esenciales para construir estructuras coherentes. No podemos dejarlo al ámbito teórico.

Hay que propiciar la comunicación, trabajarla para que se dé. Y hay que educar en ella y desde ella. Hay que enseñar a comunicarse y dar espacios de comunicación: desde el diálogo y desde la escucha activa.

Cuando una persona sabe expresar lo que siente, lo que piensa y lo que necesita, es muy probable que la primer herramienta que use ante los conflictos sea la palabra. Sólo así podremos transformar las experiencias de conflicto escolar en situaciones de aprendizaje para todas y todos, y erradicar de fondo la violencia escolar, desde su raíz que es cultural y estructural.