foto: Conapred

Hechos recientes como la sequía en la zona Rarámuri del país, nos demuestran que los pueblos originarios sin duda son de los más marginados. Caminan en ese silencio de carencias que llegan al nivel de la privación del alimento y que exigen de nosotros toda nuestra solidaridad.

La Declaración Universal de Derechos Humanos en su artículo 2, reconoce la igualdad de derechos en todas las personas, sin distinción de raza, religión o de alguna convicción política, sin embargo en la práctica aunque pareciera lo contrario, seguimos ejerciendo la discriminación como una práctica cotidiana.

Esto lo comentamos a propósito del examen periódico de México ante el Comité Internacional sobre la Eliminación de cualquier forma de Discriminación Racial, en el cual se dará cuenta del grado de cumplimiento de este importante instrumento internacional.

En su preámbulo se cataloga a la discriminación como un “obstáculo a las relaciones amistosas y pacíficas entre las naciones y puede perturbar la paz y la seguridad entre los pueblos, así como la convivencia de las personas aún dentro de un mismo Estado”.

Define a la de tipo racial, como “toda distinción, exclusión, restricción o preferencia basada en motivos de raza, color, linaje u origen nacional o étnico que tenga por objeto o por resultado anular o menoscabar el reconocimiento, goce o ejercicio, en condiciones de igualdad, de los derechos humanos y libertades fundamentales en las esferas política, económica, social, cultural o en cualquier otra esfera de la vida pública” , por cierto del que queda fuera el concepto de ciudadano o no ciudadano, no obstante la creciente transmigración. (ver Convención)

El informe que presenta el Estado Mexicano, lo hace con un retraso de cinco años, aspecto que ya de por sí nos dice mucho respecto de la importancia del tema, en él se informa que de acuerdo a la Primera Encuesta Nacional sobre Discriminación en México (2005), los grupos más discriminados son: los Adultos Mayores (40,5%), grupos indígenas (15,6%), personas con discapacidad (14,5%), personas que viven con VIH/Sida (10,8%), las y los niños (9%), las madres solteras (4.4%), desempleados (3%), extranjeros (1.3 %).

Sin embargo, exclusivamente al analizar la situación de discriminación de los pueblos indígenas, textualmente se señala:

No obstante, el 43% opina que los indígenas tendrán siempre una limitación social por sus características “raciales”; uno de cada tres opina que lo único que tienen que hacer los indígenas para salir de la pobreza es no comportarse como indígenas y el 40% estaría dispuesto a organizarse con otras personas para solicitar que no se permitiera a un grupo de indígenas establecerse cerca de su comunidad. Por su parte, el 93% de los indígenas siente que tiene menos oportunidades para conseguir trabajo; tres de cada cuatro indígenas consideran que tienen menos oportunidades para ir a la escuela que el resto de las personas; dos de cada tres indígenas opinan que tienen pocas o nulas posibilidades para mejorar sus condiciones de vida y uno de cada cinco considera que se le ha negado trabajo por el simple hecho de ser indígena. (14)

Sólo este párrafo del informe ejemplifica una clara ausencia de vínculos sociales con la cosmovisión de los pueblos originarios, lo que implican sus creencias, costumbres, formas de vida y de resolución de conflictos.

Cuando colocamos como solución para que salgan de la pobreza “el que dejen de ser indígenas”, nos encontramos imponiendo nuestra forma mestiza y occidentalizada de vivir, creando las condiciones para una distinción o incluso una segregación.
No extraña entonces el alzamiento Zapatista en Chiapas, cuyo ejemplo de autonomía en los caracoles es estudiado a nivel mundial.
Ni tampoco el caso de la comunidad de Cherán en Michoacán, quienes sin la existencia de partidos políticos y con un consenso total de los barrios nombraron por usos y costumbres a sus representantes, sin instituciones electorales de por medio.
Ahora se entiende también porque un proyecto minero pretende establecerse en Wirikuta, sitio sagrado Wixárika, porque simplemente tenemos una raíz de discriminación racial difícil de extraer y que tenemos que combatir.