Transcurrían los días en ese caminar cotidiano, muchas veces en círculo. Ese que nos permite olvidarnos pronto del presente, como una forma de alivio colectivo que termina conformándonos en un inconsciente.
Finalizaba apenas el 2011 y el tiempo nos enviaba un mensaje de realismo al encontrarse en plena zona de los arcos del milenio, los cuerpos inertes de personas “ que estaban en el momento equivocado” para perder la vida con la mayor saña posible.
Como siempre, el morbo reinó en los diarios, se adjetivaron a detalle las vestimentas y composiciones físicas, se hizo énfasis en los métodos de sufrimiento.
La autoridad se mostraba confundida pero debía reaccionar, convocó a reuniones de gabinete, claro a puerta cerrada, para que el maremoto de hipótesis sin comprobación no saliera del poder político, tan limitado y mermado en comparación con la fuerza del terror mostrada por la llamada delincuencia organizada.
La sociedad en general, dedicada a correr versiones y evadir el miedo. Familias de luto, sin justicia y consuelo porque sus hijos fueron arrebatados y estigmatizados aún en la muerte, a pesar de sus evidentes vidas transparentes. El dolor es lo que quedó, el temor se fue.
Luego fuimos testigos como una ciudad se paralizaba de nuevo a manos de la delincuencia y de una autoridad que carece de rumbo y reacción.
En ese entonces también el dolor se focalizó en unos cuantos: en una esposa que vio morir a su pareja, cuando lo esperaba para comer juntos, al fin y al cabo era sólo un chofer ordinario. Volvimos a olvidar.
¿Debería entonces sorprendernos la localización de 18 personas asesinadas en la zona de Chapala?. ¿Qué nos dice como sociedad este hecho?. ¿Qué le dice a las autoridades de los tres niveles de gobierno preocupadas más por sus bonos electorales que por garantizar la seguridad?, ¿quién responderá?.
Las personas residentes de Chapala dieron el primer paso, se indignaron, se acuerparon en torno a los familiares de las víctimas, recordaron sus nombres y buscaron consuelo en lo más alto del espíritu, salieron a la calle y rechazaron. Entendieron el signo de la ignominia que provoca la violencia, exigieron y se hicieron la promesa de no olvidar.
Así nosotros, debemos de seguir sus pasos más allá de los escenarios electorales, que en ellos no se encontrará la solución y esperanza si no existe un nosotros, una memoria que les haga ver y nos haga entender que no podemos volver a tolerar hechos como los que están ocurriendo, que no nos resignaremos a vivir en violencia, que no nos cansaremos de mostrar nuestra solidaridad a los familiares de las víctimas y de exigir justicia.

Que no olvidaremos y no guardaremos silencio cómplice

Tomado de Bordamos por la paz