Otro balance



Por Jorge Narro Monroy,
Asambleísta del CEPAD AC.


Estos son días de evaluaciones, balances, críticas y autocríticas sobre el reciente proceso electoral, cuya jornada culminante fue el domingo 7.

Quiero compartir un par de reflexiones.

Primera: La abstención.

A escala nacional, 53% de los ciudadanos con credencial de elector vigente no participó en la elección de diputados federales. En Jalisco: 49% no acudió a las urnas. Las cifras no son nuevas y, por ello, nos hemos acostumbrado a ellas: “Es normal. En las elecciones intermedias, como no está en juego la Presidencia (o la Gubernatura), la participación baja”, decimos resignados. Pero, ¿debemos resignarnos? ¿El asunto es como para tomarse con filosofía? Supongamos que de ese poco más o menos 50% de mexicanos y jaliscienses, 10% (¡y exagero!) se haya abstenido consciente y deliberadamente de votar. Queda 40%. 40% que se desentendió de la más elemental, la mínima forma de democracia que existe: la electoral. Estamos hablando de 2 millones 695 mil jaliscienses y de 44 millones 255 mil mexicanos a los que tiene sin cuidado la elección de sus gobernantes.


Segunda reflexión: Cuatro hechos que, a mi juicio, caracterizaron estas elecciones intermedias.

El primero, la derrota del PRI en Guadalajara.

La derrota de Villanueva coloca a Alfaro, y ahora con muchas más posibilidades que en 2012, como el aspirante más fuerte a la Gubernatura de Jalisco. Se repitió mucho y con razón: en 2015 se jugaba el 2018. Aristóteles Sandoval, mientras tanto, se queda sin el futuro que soñaba: la candidatura a la Presidencia de la República en 2018. Ya lo decía Papá Leonel cuando exhortaba a sus huestes a llevar a Villanueva a la alcaldía tapatía: “El proyecto es Aristóteles”.

El segundo, el golpe al bipartidismo.

Jalisco pertenecía al grupo (mayoritario) de entidades federativas en donde el poder político se disputa entre dos partidos; en nuestro caso, entre el PRI y el PAN. El PRI (o, mejor dicho, su abuelo, su padre y él) gobernó desde 1929 hasta 1995, en que perdió ante el PAN la Gubernatura, las alcaldías más importantes y la mayoría en el Congreso. El blanquiazul regresó el cetro al PRI, en 2009 en la zona metropolitana de Guadalajara y en 2012 en Casa Jalisco. El 7 de julio arribó un tercer actor, surgido en el escenario apenas en 2012: Movimiento Ciudadano o, mejor dicho, el alfarismo (porque no es sólo Enrique Alfaro o sólo él y su grupo).

El tercero, los candidatos independientes.

En un extremo, “Lagrimita” y/o Guillermo Cienfuegos. En el otro: Pedro Kumamoto. El payaso, acusado de comparsa del PRI y reinstalado en su candidatura merced a una muy cuestionable decisión del Tribunal Electoral federal, pertenece, por más que se haya ostentado como “independiente”, al rincón más obscuro y sórdido de la política convencional. Kumamoto, en cambio, representa su antípoda: sin dinero, sin padrinos, sin televisoras, sin violar la ley, con la sola tenacidad y la pura creatividad de su joven equipo, logró el apoyo mayoritario de los electores del hasta hace días más panista distrito del país.

El cuarto, la conducta de las autoridades electorales.

Muy lamentable. Muy, muy lamentable. Las autoridades administrativas (INE e IEPC), las jurisdiccionales (Tribunal Electoral local y Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación) y las penales (Fiscalías -federal y estatal- especializadas en delitos electorales) hicieron un papel verdaderamente lastimoso. Dos casos pusieron en evidencia su inoperancia –y respecto de algunas de ellas, su complicidad-: el Partido Verde y su desvergonzada y sistemática violación a la Constitución y a la ley; y Papá Leonel y su intolerable exhortación a los operadores del PRI en Guadalajara a cometer (en sus propias palabras) “una acción ilegal, ilícita el día de la elección”. Dos casos en los que los delincuentes electorales se salieron con la suya…