Por: Fernando Hernández
I.
Guadalajara, 22 de marzo. Empezó como un intento por parte de Leonardo David de Anda, del Consejo Administrativo del Tianguis Cultural, de generar un diálogo. Empezó recalcando las cualidades de los grupos que se dan cita ahí todos los sábados: en específico los darketos, los punks, y obviamente, quienes han llamado la atención de los medios últimamente. Los emos.

Se buscaba el diálogo entre las distintas tribus urbanas. La convocatoria es a micrófono abierto, las voces de quienes piden respeto se vuelven objeto de escarnio de parte de personas como Alanai, quien gusta del Black Metal, y que los considera capitalistas por superficiales. “Son una moda” “Bola de emosexuales”, “¿Cuál cultura?” y “Cállate” son pequeñas muestras de un público nada indulgente, que se divierte a expensas de lo poco articulado del discurso que algunos emos intentan dar; adolescentes que con voz temblorosa, tímidamente atinan a decir que es un estilo de vida. Emos que defienden su estilo de vida ante unas 1000 personas más propensas al desmadre que al diálogo.

De Anda, quien hizo la convocatoria, hace esfuerzos poco suficientes para generarlo, al mismo tiempo que invita a los más gritones a expresarse. Pero es muy diferente gritar desde el anonimato que frente a una multitud.

II.

Se les reprocha a los emos piratearse elementos de distintas sub-culturas, de los darks, de los punketos, de los skatos. De que su cultura no es genuina, eso dicen “El camello” y el “mega rocker”. Yaneth y Jazmin, por su parte, se consideran fresas, y no ven ningún inconveniente en que los emos también se reúnan en la Plaza Juárez.

Un punk que no dice su nombre toma el micrófono, y les reclama a los emos vestirse sólo por apariencia (sic). Se le olvida decir que sólo por su apariencia, el fatídico 28 de mayo arrestaron a personas como él que ni la debían ni la temían. Por su apariencia. Su discurso se limita a un “¡que viva la revolución!” y la gente aplaude. Jesús, por su parte, quien por su vestimenta podría definirse como reggae o rasta, da un discurso que apela a la importancia de convivir pacíficamente en el Tianguis Cultural, porque “es el único refugio que tenemos ante la sociedad”. Aplauden los menos.

III.

Una joven que no se identifica con ninguna tribu, intenta hablar en defensa de los emos. No dice más de 2 palabras. De Anda pide respeto, “pa’ que los defiende”, grita otro valiente atrás de mí. Valientes que no llegan nunca al micrófono. Otra chica emo intenta hablar, rechiflas, mentadas, “que se suiciden”. La situación se vuelve más densa, se comienzan a aventar botellas de cerveza, curiosamente, seguirán siendo aventadas desde el mismo punto. Sólo hay un agente de policía para resguardar el orden. Es un testigo impávido ante una multitud que comienza a prenderse más que a reflexionar. Se vuelve un ambiente de estadio, y al tomarle la foto a un joven lo compruebo. Me hace la señal de la barra 51 del atlas. ¿Qué tiene que ver el fútbol con los emos?.

Un metalero es invitado a tomar el micrófono, pues constantemente grita y enseña el dedo de en medio enfundado en una coraza de metal brillante, la multitud lo deja pasar irremediablemente ante el señalamiento. No usa argumentos, sólo quiere golpear a Dorian, uno de los emos reunidos en torno al micrófono. La policía comienza a llegar, los asistentes siguen aventando cosas al improvisado estrado, un toldo al que van a parar las botellas de cerveza que siguen saliendo del mismo lugar.

Leonardo De Anda da por terminada la sesión, no hay avances, sólo un montón de personas que comienza a hacer slam sin música y luego brincando al ritmo de “el que no brinque es emo, el que no brinque es emo”. Ambiente futbolero. “Imagine” de John Lennon suena con todo en las bocinas, el público reprueba al instante. Mal día para poner una canción cliché. Y a todos se les olvida que la música es fusión. Que una banda insignia del punk, The Clash, fusionó ritmos afrolatinos con los guitarrazos, que ejemplos como ese hay demasiados. Pero nadie se detiene un momento a pensarlo.

Las cámaras de los medios locales no se dan abasto ante la escena: una mujer discute con una emo, quien comienza a llorar desconsolada, después se sigue a otra emo acompañada de uno de los metaleros que fue más sensato al tomar el micrófono. El evento ha perdido toda dimensión, tanta atención de cámaras de video y fotográficas hace posar a un grupo de jóvenes que se identifican con la clásica seña de la barra 51.

¿Estás en contra de la violencia?-Le pregunto a Alaina, el black metalero, al final de lo acontecido – si – me responde – ¿pero no crees que fomentas la violencia con gritos?– Nel, es divertido nomás por echar desmadre.

Es un sábado de gloria peculiar; los que en el pasado fueron discriminados se vuelven discriminadores. El cultu retoma su ritmo habitual. Pero De Anda queda preocupado sobre el futuro de un espacio que puede presumir de todo, menos de ser tolerante. Por ahora.