Desde su campaña política, Donald Trump presentó una opción.

Para muchos con pensamiento conservador, la opción para volver a anagloriarse en valores tradicionales que han existido siempre y continuarán existiendo; algunos de ellos de superioridad frente a otros, otros “diferentes” a ellos, y por tanto inferiores en diversas condiciones: género, raza, apariencia física, origen étnico o nacional. “Otros”, que representan una amenaza (de esas no razonadas, fomentadas por el poder y afianzadas por los medios de comunicación) fruto del miedo, del miedo más primitivo, como la de que “todas y todos” los musulmanes son malos y nos quieren dañar… El mismo miedo y odio no razonado que propagaban los nazis respecto de los judíos o los homosexuales…

Pero no es esa la opción presentada por Trump que quiero resaltar, sino una que pretende encontrar en todos los acontecimientos, encuentros, acciones, una oportunidad de aprendizaje.

La oportunidad es sólo para quien la ve. Si no la sabemos reconocer, nos pasará por enfrente, sin siquiera darnos cuenta y la perderemos.

La oportunidad la representa el volver a reconocer cuáles son aquellos valores o apuestas que construyen un mundo mejor para todos y todas, no sólo para unos cuántos en el poder, o para los miembros de un Estado-nación; la oportunidad de no contestar con una de la misma calidad y calibre, sino con el elegante guante blanco, con la esperanza de que los niños aprenden mejor con el ejemplo de los padres que con reclamos o sermones que nos dividen más, nos laceran más.

La oportunidad es dejar las diferencias que aparentemente nos separan… sí esas de “nosotros somos los buenos y ellos los malos…”, “nosotros somos los sensibles y ellos los insensibles”, “nosotros somos mexicanos y ellos no…” y recordar lo esencial: que todos y todas somos “seres humanos”, más allá de las condiciones o ideologías; y no sólo recordarlo, sino implementarlo, hacerlo vida.

Por lo tanto, podemos ver las acciones realizadas por Trump como “violaciones de derechos humanos” y tendríamos razón, pero ¿Qué hacer frente a ellas? ¿Cómo decidimos verlas? Eso sí está en nuestras manos.

La defensa de los derechos humanos, implica la exigencia de su cumplimiento por parte de todos y todas, pero también implica su ejercicio y respeto. Lo que no se vale es mirar la paja en el ojo ajeno, y dejar de ver la nuestra. Empecemos por nosotros mismos, por lo nuestro, lo inmediato, y muy probablemente el ejemplo impere más que la queja o la simple actitud de víctima frente al mundo. Esa es la oportunidad de aprendizaje que nos regala Trump.

Gerardo Moya García

Asambleísta del CEPAD